Quizá fue ayer, hoy o mañana, aquél era una día como cualquier otro. Nubes negras cubrían el cielo, amenazando a las calles con una tormenta. Hacía días que el cielo no mostraba su color celeste. Estaba cargado de nubes oscureciendo la ciudad. Días o semanas, Solano no llevaba la cuenta.
Aquél era una día como cualquier otro. Solano haría lo que hacía todos los días. Se levantó a la mañana, se aseó y comió pan tostado como desayuno, sin nada, pan solo. Salió de la casa horrible en que vivía sin cerrar la puerta. Era una casa chica (muy chica). Tenía las paredes grises con la pintura saltada y los pisos de madera que se habían levantado con el tiempo y la humedad que dejaba manchas en los muros y olor en las telas, ropas y cortinas. La casa tenía una sola ventana que daba a la calle, con rejas oxidadas (por la humedad), y esa era la única fuente de iluminación. Una cama vieja, un sillón descuidado y una mesa sucia eran los únicos muebles que tenía Solano y que quizá se los hubiera dejado su padre antes de morir.
Saludó al portero del edificio de enfrente, que lo vio y no le devolvió el saludo. Pasó por una verdulería y saludó a la anciana dueña, que lo vio y no le devolvió el saludo. Siguió caminando por las calles sin mirar para adelante. No había gente circulando. El día estaba triste y aburrido; aquél era una día como cualquier otro. Dobló en la esquina y se cruzó con la de la florería, intentó decir un saludo pero no pudo, entonces la saludó con la mano. Ella lo vio, pero no le devolvió el saludo.
Solano caminaba. Las calles se fueron poblando de gente que iba de un lado al otro. Él solo caminaba. Muchos le chocaban el brazo al pasar a su lado, pero a nadie parecía importarle. A aquellos a quienes conocía, Solano saludaba. Todos lo veían, nadie le devolvía el saludo. Caminó hasta un puesto de diarios e intentó hablar con el vendedor, pero no emitió sonido. No le pudo decir nada, así que Solano siguió caminando.
Paso tras paso, Solano comenzó a sentir que sus pies le pesaban. Primero uno y luego el otro. Dos rocas que no me dejaban avanzar. Fui frenando hasta que ya no me pude mover y tuve que quedarme quieto. La gente me miraba y por un momento parecían sorprendidos, pero a nadie le importaba realmente. Seguían su camino. Y, poco a poco, la gente comenzó a desaparecer. Debía ser el mediodía; aunque las nubes no me dejaran confirmarlo, era más que evidente. Todos se fueron a sus casas, a sus mundos, importándoles sus cosas y nada más. Yo me quedé plantado en la vereda. Algún que otro hombre pasaba y yo le hacía señas. Ellos me veían, pero me ignoraban. Pasó Mario, le hice señas, me vio, y siguió caminando. Pasó Ernesto, le hice señas, me vio, y siguió caminando. Cuando pasó Ada, la de la florería, intenté hacerle señas, pero no pude moverme, así que siguió caminando.
Estuve horas intentando moverme, pero no pude. Intentaba levantar un brazo, una mano, un dedo. Nada me hacía caso. La gente volvió a la calle. Pasaban a mi lado y me veían, pero nadie me prestaba atención. Quise gritar, que alguien me ayudara, pero no pude. Pasó Faustino, el del puesto de diarios, se quedó mirándome por unos segundos, quizá esperando a que le dijera algo. Lo intenté, pero no pude. Él siguió su camino.
Lo miré por un rato, quizá, finalmente, Solano pudiera hacerme saber qué era lo que le pasaba. Pero no pudo. Vi una lágrima rodar por su rostro y seguí caminando. Él permaneció ahí, quieto. De algún modo llegaría esa noche a su casa.
No sé si fue ayer, hoy o mañana, pero eso es indiferente, aquel día fue solo un día como cualquier otro.