"¿estará escrito en el destino del hombre que solo pueda ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido?"
Psicosis - Catalina Damm
Gregorio entró detrás de mí. Parado frente a los cereales quise preguntarle cuáles le gustarían. Siempre compré cereales de chocolate para él, pero jamás se los había comido. Hoy, que él había entrado detrás de mí, tomaría la precaución de preguntarle. Di la vuelta. No está. ¿Cómo puede ser? Sentía su presencia detrás de mí hace unos minutos, pero no lo sentí irse. Gente aparece a mi alrededor ahora; gente que quizás se ha llevado a Gregorio. Me miran, ¿acaso no han visto a una persona nerviosa nunca? Perdí a mi hermano, debo encontrarlo. Camino por entre las góndolas pero no lo veo por ningún lado. Desesperado corro entre la gente que me mira asustada, igual que un ratón mira a un gato acechante. Toda esta multitud, ¿de dónde ha salido? Hay niños por todos lados. Así es, ¿quién no querría llevarse a un bonito niño como Luciano? Moreno y de ojos claros. Cualquier madre querría uno como mi hermano. Desesperado, grito: ¿Alguien ha visto a Luciano? Nadie lo ha visto. No puede ser, es imposible; toda esta gente y nadie ha visto a mi hermano. ¿Qué? ¿Acaso creen que soy tonto? Corro al sector de las golosinas. A Luciano le encantan las golosinas. Nunca lo vi comerlas, pero me lo dijo. Agitado miro a todos lados. No, aquí no está. Oiga, señor, ¿ha visto usted a mi hermano? Entró detrás de mí. Me dirijo rápidamente a la góndola de juguetes. Ese hombre creerá que estoy loco. Yo no entré solo; Martín entró detrás de mí. Esta estantería está llena de muñecos. Osos, perros, conejos, patos. También hay juegos de mesa. A mi hermanito le gustarían esos. Autos en miniatura; a Martín le encantan esos. ¿Por qué será que jamás lo he visto jugar con alguno? Siempre me repite que son su juguete favorito. Pero no está aquí. ¿Dónde estará? Las personas siguen mirándome de manera rara. Pero no igual que antes, es diferente ahora. Son lobos acechándome. Ya no me miran asustadas, me miran hambrientas. Y yo estoy solo, impotente. ¿Por qué no está mi hermano? ¿Dónde está Martín? Debo escapar de estas bestias. Un hombre se acerca a mí. Me pregunta si me pasa algo. Busco a mi hermano. Es rubio, de tez clara y ojos oscuros. Pero, claro, como el resto, no lo ha visto. Y como el resto, cree que yo ingresé al supermercado solo. Corro. Entre dulces, harinas, panes, yogures, helados, fideos, galletitas, gaseosas, vinos. Me voy acercando a la puerta del supermercado. Pero, no, no encuentro a José. No se pudo haber desvanecido. ¿Ha visto a mi hermano? ¿Ha visto a José? No, no, no. Me encuentro solo, agitado, miro a todos lados. Giro, doy vueltas. La gente me mira de otra manera. Me observan, susurran y se dicen cosas al oído. No estoy paranoico. Hablan de mí, lo sé. Me miran como si yo fuera un animal extravagante, allgo raro, como si fuera un ser extraño. Parecen asustados, pero no lo están, están patidifusos, extrañados. Frenan, me miran y siguen su camino. ¿Por qué sucede esto? Soy un simple hombre haciendo las compras. Una mujer se acerca a mí y me pregunta: ¿Ha encontrado a su hermano? Y le contesto, siendo cortés, con una sonrisa amable en mi rostro: Lo siento, se ha confundido, señora, yo no tengo ningún hermano.
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